Luci y Marcelino

    Villa El Salvador es bello por las personas que la habitan, las hermanas que alivian el dolor cada día, el espíritu de María Gay y por tantas cosas que quedaron en nuestro corazón.

    Por eso, cuando volábamos de regreso a España, nos dimos cuenta de que Villa El Salvador no es feo sino bello; bello por todas las personas que la habitan, por las hermanas que alivian el dolor cada día, por el espíritu de María Gay sembrando la paz en medio del caos, por tantas cosas que quedaron para siempre en nuestro corazón...

    A finales del mes de agosto llegaron, procedentes de Villa el Salvador (Perú), Luci Peláez y Marcelino Fernández. Habían pasado casi un mes apoyando en la misión de las comunidades que allí tenernos las Religiosas de San José de Gerona. Abiertos a lo que se necesitara han estado sobretodo apoyando a los niños realizando refuerzo escolar, pues este matrimonio son maestros de la escuela pública de la Bañeza.

    El primer contacto con Villa El Salvador fue de noche. Ya nos había advertido Cristina Masferrer que allí estaban en invierno, que fuéramos bien abrigados. Pero no nos había dicho que la llovizna (garúa) “mejarriona”, que dicen en el pueblo de la que suscribe, o “txirimiri”, que dicen en tierras vascas, se juntaba con la arena de uno de los mayores desiertos urbanos del mundo (el segundo mayor después de El Cairo) y formaba un barro permanente que no deja zapato sano ni coche (carro) limpio...

    Menos mal que al día siguiente nos fuimos hasta las cistercienses de Lurín a recoger a la hermana Edith y pudimos contemplar la exuberante naturaleza de la que con justicia presume Latinoamérica... Hasta que por la tarde, en la Misa de la parroquia, vimos que también hay un pueblo creyente que, con su sencillo retablo recién estrenado, escucha y canta la Palabra de Dios, y se alimenta del mismo Cuerpo de Cristo, y quizás más encarnado que el nuestro, por estar triturado en el molino de la trepidante vida de Lima.

    Pues bien, a nosotros nos encomendaron el apoyo escolar de niños en “El Milagro” por las mañanas, y de los de “Manzanilla” por las tardes... Nada hubiera sido posible sin la comunidad de Religiosas que nos acogieron: Salomé, Asun, Edith y Flor. E incluso Justina, que se fue de vacaciones para dejarnos libre una habitación.

    Desde la acogida en el aeropuerto hasta el abrazo de despedida nos hicieron sentir mejor que en casa y nos permitieron ver con nuestros propios ojos que el seguimiento radical de Cristo no sólo es posible, sino que es ineludible: “Estuve hambriento, y me disteis de comer…”

    Por eso, cuando volábamos de regreso a España, nos dimos cuenta de que Villa El Salvador no es feo sino bello; bello por todas las personas que la habitan, por las hermanas que alivian el dolor cada día, por el espíritu de María Gay sembrando la paz en medio del caos, por tantas cosas que quedaron para siempre en nuestro corazón…”

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